Crítica


Vida y representación

Me perdí de mí. Cuestiones de identidad. Dirigida por Heidi Alvarez. Con Luciano De Luca, Luciana Martínez y Jazmín Titiunik. En Apacheta Sala Estudio. Pasco 623. Desde el 18 de marzo al 8 de abril. Funciones: viernes 21 hs. Entrada: $35 y $25.



Es una interesante sorpresa encontrarse con bailarines egresados de la carrera de Expresión Corporal del IUNA, que experimentan con la palabra, o mejor, con la convivencia entre la palabra y el movimiento. Pero no sólo investigan sino que “dicen” con presencia, con verdad y muy bien plantados en la escena. Me perdí de mí. Cuestiones de identidad -tesis de graduación de Heidi Alvarez-, acorde con las nuevas tendencias del teatro y de la danza, se presenta fragmentaria, lúdica, biográfica. Muestra su construcción, compone en el instante, borra demarcaciones rígidas entre lenguajes y entre el teatro y la vida.
En las artes performativas el performer (ya no personaje, ni intérprete) acciona, está. Se muestra ante el público sin representar. En su cuerpo se inscribe su voz, su gestualidad, su historia. Así Jazmín Titiunik, Luciano De Luca y Luciana Martínez, de cara a los espectadores, relatan sus orígenes, sus nombres y apellidos. Sus anhelos, gustos, experiencias y sus debilidades y fortalezas. Por cuestión del pacto teatral, creemos en todo lo que nos dicen. Creemos sin desconfiar que nos hablan de sus vidas.
El teatro postdramático, y con él las expresiones contemporáneas de la danza, borra fronteras entre realidad y ficción. Ya no refleja ni espeja otra cosa más que a sí mismos. Sin representación en juego, las artes performativas equivalen a la vida. Pero Jazmín canta, bañada de luz roja, el bolero consagrado por la Lupe “La vida es puro teatro”. Entonces sí la representación se desvanece pero el teatro es vida, pero la vida es puesta en escena ¿es posible realmente evitar la representación?
Los rasgos minimalistas -resueltos con vestuario verde / blanco, sin música ni sonido grabado y con una inteligente y sintética iluminación- aportan precisión y prolijidad a la obra. La iluminación -con efectivos recursos como lámparas rasantes, una lamparita hogareña, apagones, uso de colores y de sombras- es la responsable, además, de crear climas, de marcar los tempos de la obra.
Los momentos más logrados resultan cuando hay choque entre palabra y movimiento, contradicción; rota la literalidad construyen poesía. Jazmín habla de sí misma escondida detrás de Luciano. Escuchamos una voz de mujer y vemos un cuerpo de hombre. Luciana baila, se describe y dice con su largo pelo suelto “siempre uso el pelo atado”. Luciana y Jazmín secretean relajadas cosas que no escuchamos mientras que alejado Luciano las observa. Cuando no todo está dicho hay más sentidos por construir, hay poesía que se despliega.
En algunos momentos de Me perdí de mí ..., la palabra le gana al movimiento. El movimiento se desdibuja, se cuela entre las historias sin integrarse, sin ser más que pura forma. La organicidad / veracidad que logran al decir no siempre está lograda al danzar. ¿Será que la ansiosa necesidad de sentido, la resuelve pronto la palabra y la danza la posterga demasiado?
Sobre el final de la obra -durante el juego de improvisación espacial- se vuelve muy interesante la gestualidad, la acción y la danza contando a su modo. Allí, la prioridad la asume este lenguaje más enigmático, más mudo y entonces… otro instante de poesía.
Muchas preguntas despierta esta obra. ¿Cómo funciona lo autobiográfico en la danza?, ¿por qué se impone tanto la palabra al movimiento?, ¿de qué manera enlazar ambos lenguajes? Pero, por sobre todo, Me perdí de mí... despierta la alegría de ver que gente joven y talentosa se lanza a la acción y a todo lo que significa construir una obra.